Infantil

El yoga nos da las herramientas necesarias para vivir en armonía con nosotros mismos y con los demás. Nos ayuda a ser conscientes del mundo que nos rodea y a interactuar con él a través de nuestro cuerpo. Para los niños, el yoga es una forma de mantener una actitud abierta hacia la vida, enfocada en la libertad, sin temor a los prejuicios ni a las críticas de los adultos. No hay perdedores ni recompensas, ni mejores ni peores; la recompensa del yoga procede del simple disfrute de la práctica.
El yoga en los niños actúa tanto sobre el cuerpo como sobre la mente. No solo les da una buena postura corporal, fuerza y flexibilidad, sino que también les hace estar más presentes, más concentrados, y les ayuda, sobre todo a los niños hiperactivos, a centrar más la atención.
Las sesiones son divertidas, con espacios de música, de juegos con posturas que imitan animales y elementos de la naturaleza, con silencios y escuchas; y todo acompañado de risas, intención y de mucho amor.
El yoga infantil puede empezar a practicarse desde los cuatro años y hasta los doce, trece. Los grupos se diferencian por edades: de 4 a 6 años; de 6 a 9; y de 9 a 12.

En familia

La práctica de yoga en familia es una de las mejores actividades para que padres e hijos compartan tiempo de calidad y bienestar juntos. Los niños y niñas, desde temprana edad, se benefician de lo mejor de esta práctica: consiguen calma y tranquilidad, mejoran su concentración, aumentan su autoestima, fortalecen su espalda, perfeccionan su postura corporal, aprenden a conocer y a gestionar sus emociones, etc.
También es una buena oportunidad para robustecer el vínculo familiar y afectivo, pues todos los miembros se conocen un poco más y aprenden los unos de los otros.
Una actividad donde las prisas, las preocupaciones y hasta la vergüenza quedarán fuera de clase, y en la que nacerá un ambiente de acompañamiento, respeto y comprensión.
 
Los cuatro objetivos de las clases de yoga en familia:
Vínculo: practicando yoga juntos mejorará la relación y comunicación padre/madre e hijo/a. Nacerán valores como la confianza, el respeto y la comprensión.
Autoconocimiento: el yoga en familia se convierte en una actividad para ser y colaborar como equipo, pero también se aprende que cada uno es importante como individuo. El primer paso es conocerse a uno mismo, para después saber valorarse y aceptarse tal y como se es.
Diversión: cuando más aprendemos los niños y los adultos es cuando disfrutamos de ese aprendizaje. Por ello en las clases el ingrediente principal es la diversión.
Relajación: ¿podemos relajarnos todos juntos? ¡Claro que sí! Para los niños siempre es más difícil lograr un estado de relajación plena, pero cuando lo hacen junto a sus padres ponen más empeño en conseguirlo.
Las clases están llenas de sorpresas y dinámicas acompañadas de música, facilitando así la vivencia corporal y afectiva.
Las risas y las ganas de volver no van a faltar.